CURSILLOS DE CRISTIANDAD - DIOCESIS ASIDONIA- JEREZ
CURSILLOS DE CRISTIANDAD DE ASIDONIA- JEREZlogo

 

 

 
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PRÓXIMO 6 DE MARZO :
" MIÉRCOLES DE CENIZAS "
La CUARESMA , comienza con el MIÉRCOLES DE CENIZAS, y es un tiempo de ORACIÓN , PENITENCIA Y AYUNO . Cuarenta días que la iglesia marca para la conversión del corazón .
La imposición de las cenizas, nos recuerda que nuestra vida en la tierra , es pasajera y que nuestra vida definitiva, se encuentra en el Cielo. Las palabras que se usan para la imposición de las cenizas, son :
- " Concédenos Señor el perdón y haznos pasar del pecado a la gracia y de la muerte , a la vida "


- " Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás ".
- " Arrepiéntete y cree en el Evangelio ".
Las cenizas que se utilizan , se obtienen quemando las palmas usadas del Domingo de Ramos del año anterior. Ésto nos recuerda, que lo que fue Signo de Gloria, pronto se reduce a nada.
También, fue usado el período de Cuaresma, para preparar a los que iban a recibir el Bautismo, la noche de Pascua, IMITANDO A CRISTO CON SUS 40 DÍAS DE AYUNO .
La imposición de cenizas, es una costumbre que nos recuerda, que algún día vamos a morir y que nuestro cuerpo se vá a convertir en polvo. Nos enseña , que todo lo material que tengamos aquí, se acaba. En cambio, todo el bién que tengamos en nuestra alma, nos lo vamos a llevar a la Eternidad . Al final de nuestra vida, sólo nos llevaremos aquello que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos, los hombres.
Cuando el sacerdote nos impone las cenizas sobre la frente, debemos tener una actitud de querer mejorar, de querer tener una Amistad con Dios. ( las cenizas se le imponen a los niños y adultos ).
SUGERENCIAS PARA VIVIR LA FIESTA :
- Asistir a la iglesia a ponerse cenizas, con la actitud de conversión .
- Leer la Parábola del Hijo Pródigo, San Lucas 15, 11-32 o el Texto Evangélico de San Mateo 6,1-8.

 







 

 

 

 

Suele ser definido como "el tiempo en que Cristo se hace presente y guía a su Iglesia por los caminos del mundo tiempo menor o un tiempo no fuerte. En el año litúrgico, se llama tiempo ordinario al tiempo que no coincide ni con la Pascua y su Cuaresma, ni con la Navidad y su Adviento.

Son treinta y cuatro semanas en el transcurso del año, en las que no se celebra ningún aspecto particular del Misterio de Cristo. Es el tiempo más largo, cuando la comunidad de bautizados es llamada a profundizar en el Misterio pascual y a vivirlo en el desarrollo de la vida de todos los días. Por eso las lecturas bíblicas de las misas son de gran importancia para la formación cristiana de la comunidad. Esas lecturas no se hacen para cumplir con un ceremonial, sino para conocer y meditar el mensaje de salvación apropiado a todas las circunstancias de la vida.

El Tiempo Ordinario del año comienza con el lunes que sigue del domingo después del seis de enero y se prolonga hasta el martes anterior a la Cuaresma, inclusive; se reanuda el lunes después del domingo de Pentecostés y finaliza antes de las primeras vísperas del primer domingo de Adviento.

Las fechas varían cada año, pues se toma en cuenta los calendarios religiosos antiguos que estaban determinados por las fases lunares, sobre todo para fijar la fecha del Viernes Santo, día de la Crucifixión de Jesús. A partir de ahí se estructura todo el año litúrgico.

El color litúrgico del tiempo ordinarioEn la Iglesia cristiana no todos los miembros desempeñan el mismo ministerio. Esa diversidad de ministerios se manifiesta exteriormente en la celebración de la Eucaristía por la diferencia de las vestiduras sagradas que, por lo tanto, deben sobresalir como un signo del servicio propio de cada ministro. El sacerdote, en el tiempo ordinario, usa la casullade color verde en la Misa, sobre todo los domingos, a excepción de los días festivos y de los mártires. La diversidad de colores litúrgicos en las vestiduras sagradas pretende expresar, con más eficacia, aún exteriormente, tanto el carácter propio de los misterios de la fe que se celebran, como el sentido progresivo de la vida cristiana en el transcurso del año litúrgico. El color verde se usa en los Oficios y en las Misas del Tiempo Ordinario. El verde es símbolo de la esperanza, cuando todo florece, reverdece y se renueva.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REFLEXIÓN DE NAVIDAD «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

 

A pesar de que en los telediarios cotidianos no abundan sino las malas noticias, a pesar de que da la impresión de que el mal es el que avanza a velocidad progresiva; a pesar de que a veces nos falta la esperanza, hoy se nos anuncia una muy Buena Noticia: «La Palabra se hizo carne, y puso su Morada entre nosotros», «Verbum Caro Factum Est» (Jn 1,14). Y pone su morada entre nosotros para revelarnos en plenitud el gran amor de Dios, para iluminarnos y salvarnos de tanto estrés, tanta angustia, tanta tristeza, tanto pecado, tanta muerte: «Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz» (Lc 1,78-79).

 

El Señor no es como nosotros, que cuando percibimos que alguien nos ofende, le retiramos la palabra, le pagamos con la misma moneda. El amor que Dios tiene por cada uno de nosotros es un amor que no tiene límites. Es un amor tangible y real, que, como dirá el mismo Jesucristo nos da Vida: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Hoy celebramos uno de los días en que el Señor quiere revelar su gran misericordia, su amor gratuito, su perdón: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (Jn 3,16-17).

 

El Señor conoce nuestros sufrimientos, nuestras limitaciones, nuestros pecados, y no se queda estático en el Cielo como mero espectador, ni viene como un padrastro enfadado con la zapatilla en la mano. El Señor viene para manifestar su Amor y el camino de la verdadera Paz, que es el Camino que transitará siempre Jesucristo durante su vida terrena, que no es sino Él mismo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6). Porque Jesucristo viene para conducirnos al Padre, a la verdadera Vida, para concedernos ser Hijos de Dios: «Vino a su casa, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12). Tal y como nos dice San León Magno: «Si nosotros recurrimos a la inenarrable condescendencia de la divina misericordia que indujo al Creador de los hombres a hacerse hombre, ella nos elevará a la naturaleza de Aquel que nosotros adoramos en nuestra naturaleza» (Sermón 8 sobre la Navidad: ccl 138, 139).

 

Me llama poderosamente la atención como el Señor viene sin aspavientos, sin llamar la atención, sin hacerse notar, sino mostrando su grandeza en la pequeñez, asumiendo plenamente la naturaleza humana, y viviendo en un continuo abajamiento, hasta llegar posteriormente a la Pasión y Cruz, pero terminando con la Resurrección: «El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre» (Flp 2,6-9), y todo por amor a nosotros y a su Padre Dios: «Pues conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (2 Co 8,9).

 

Así, en el día de hoy el Señor me invita a contemplarle y a adorarle en silencio en el portal de Belén, viendo que realmente el Señor quiere guiar mi vida por el camino de la paz (Lc 1,79). Porque realmente hoy siento la invitación que hace Cristo en otro pasaje del Evangelio: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11, 28-30). Mientras escribo resuena en mi corazón el versículo del Salmo 16: «Me enseñarás el camino de la vida» (Sal 16,11), que se cumple plenamente en Cristo. Porque cuando uno está lleno de uno mismo, con orgullo, pretendiendo erróneamente que la vida transcurra como uno desea; que los demás sean y se comporten como uno desea; cuando uno se cree DIOS, uno paga las consecuencias, ya que no encuentra descanso. Pero cuando uno vive en la realidad, asumiendo que Dios es Dios y que uno no lo es, acogiendo la voluntad de Dios, como hizo la Virgen María, y como hizo siempre Jesucristo, uno halla la paz. Porque es en la humildad, como muestra Cristo hoy, donde se encuentra la Paz. Hay otro, Herodes, que muestra gráficamente las consecuencias del orgullo y la soberbia: la pérdida de la comunión, de la paz, el aislamiento y la soledad.

 

Hoy viene Cristo trayendo la salvación para todo ser humano. Hoy es un día para celebrar. El inmortal se hace mortal por amor a nosotros. El fuerte se hace débil por amor a nosotros. Sólo queda adorarle y decirle como la Virgen María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1,38), ya que, como dice el mismo Jesucristo: «Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,25-28); «Porque quien dice que permanece en Él, debe vivir como vivió Él» (1 Jn 2,6).

 

 


 

 

 

 

El tiempo pascual comprende cincuenta días (en griego = "pentecostés", vividos y celebrados como un solo día: "los cincuenta días que median entre el domingo de la Resurrección hasta el domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se tratara de un solo y único día festivo, como un gran domingo" (Normas Universales del Año Litúrgico, n 22).

El tiempo pascual es el más fuerte de todo el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado el año, que se inaugura en la Vigilia Pascual y se celebra durante siete semanas, hasta Pentecostés. Es la Pascua (paso) de Cristo, del Señor, que ha pasado de la muerte a la vida, a su existencia definitiva y gloriosa. Es la pascua también de la Iglesia, su Cuerpo, que es introducida en la Vida Nueva de su Señor por medio del Espíritu que Cristo le dio el día del primer Pentecostés. El origen de esta cincuentena se remonta a los orígenes del Año litúrgico.

Los judíos tenían ya la "fiesta de las semanas" (ver Dt 16,9-10), fiesta inicialmente agrícola y luego conmemorativa de la Alianza en el Sinaí, a los cincuenta días de la Pascua. Los cristianos organizaron muy pronto siete semanas, pero para prolongar la alegría de la Resurrección y para celebrarla al final de los cincuenta días la fiesta de Pentecostés: el don del Espíritu Santo. Ya en el siglo II tenemos el testimonio de Tertuliano que habla de que en este espacio no se ayuna, sino que se vive una prolongada alegría.

La liturgia insiste mucho en el carácter unitario de estas siete semanas. La primera semana es la "octava de Pascua', en la que ya por rradición los bautizados en la Vigilia Pascual, eran introducidos a una más profunda sintonía con el Misterio de Cristo que la liturgia celebra. La "octava de Pascua" termina con el domingo de la octava, llamado "in albis", porque ese día los recién bautizados deponían en otros tiempos los vestidos blancos recibidos el día de su Bautismo.

Dentro de la Cincuentena se celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de la Pascua, sino el domingo séptimo de Pascua, porque la preocupación no es tanto cronológica sino teológica, y la Ascensión pertenece sencillamente al misterio de la Pascua del Señor. Y concluye todo con la donación del Espíritu en Pentecostés.

La unidad de la Cincuentena que da también subrayada por la presencia del Cirio Pascual encendido en todas las celebraciones, hasta el domingo de Pentecostés. Los varios domingos no se llaman, como antes, por ejemplo, "domingo III después de Pascua", sino "domingo III de Pascua". Las celebraciones litúrgicas de esa Cincuentena expresan y nos ayudan a vivir el misterio pascual comunicado a los discípulos del Señor Jesús.

Las lecturas de la Palabra de Dios de los ocho domingos de este Tiempo en la Santa Misa están organizados con esa inrención. La primera lectura es siempre de los Hechos de los Apóstoles, la historia de la primitiva Iglesia, que en medio de sus debilidades, vivió y difundió la Pascua del Señor Jesús. La segunda lectura cambia según los tres ciclos: la primera carta de San Pedro, la primera carta de San Juan y el libro del Apocalipsis.


















 

 

 

 

 TIEMPO de CUARESMA

 

 

LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA

 

 

 

Los católicos celebramos en estos días "LA CUARESMA Y LA SEMANA SANTA". Recordamos la pasión y muerte de Jesús.
Lo más importante en estos días de Cuaresma es que te "CONVIERTAS".
¿Y qué significa convertirse? Convertirse es "cambiar", luchar por quitarte lo malo, lo que ofende a Dios. Convertirse es también tratar de ser cada día mejor en todo lo que haces.

¿QUÉ ES EL MIÉRCOLES DE CENIZA?

La CUARESMA empieza el MIÉRCOLES DE CENIZA; este día vamos a la Iglesia para que el sacerdote nos haga con ceniza una cruz en la frente y diga "Conviértete y cree en el Evangelio".

¿Por qué hacemos ésto los católico?
Esta costumbre es para recordarnos que todos algún día hemos de morir y que nuestro cuerpo se va a convertir en polvo.

Esto también significa que todo lo "material", como nuestra casa, la comida y las cosas que tenemos, se acaba, y lo único que nos llevamos de este mundo es "LO BUENO Y LO MALO QUE HAYAMOS HECHO" en nuestra vida.

¿QUÉ ES LA CUARESMA?

En la cuaresma recordamos los 40 días que Jesús pasó en el desierto rezando y sin comer para prepararse antes de salir a predicar.

Cada año Dios te ofrece la Cuaresma como un tiempo especial para tres propósitos:
1) Arrepentirte de tus pecados
2) Hacer penitencia.
3) Convertirte.

ARREPENTIRTE DE TUS PECADOS:
Es tiempo de pensar: Qué pecados he cometido que de verdad te duela haber ofendido a Dios que ha sido tan bueno contigo.
Es tiempo de arrepentirse y pedir perdón.
Si tus faltas son pequeñas, basta con que tú solo le pidas perdón a Dios y le digas que vas a luchar duro para no volverlo a hacer.

Si tus faltas son graves, debes hacer una
CONFESION; busca al sacerdote, él es
quien puede darte el perdón de Dios.
Recuerda que Dios te ama muchísimo y que
siempre te perdona cuando nos arrepentimos y le pedimos perdón.

HACER PENITENCIA:
Si de verdad te duele haber ofendido a Dios, puedes REPARAR tus faltas, puedes purificar tu alma haciendo sacrificios.
¿Qué es hacer un sacrificio? Es ofrecer a Dios, porque lo amas, cosas que te cuesten trabajo, como por ejemplo:
no comer algo que querías, ayudar a otro en su trabajo, ser amable con el que te cae gordo, etc. Cada uno escoge lo que más le cueste.

En estos días de cuaresma piensa cada mañana:
¿Qué sacrificio voy a ofrecer hoy a Dios?

CONVERTIRTE:
Convertirte es cambiar. Dejar de una vez por todas lo malo y buscar ser mejor.
¡Si quieres cambiar, ahora es cuando!
Para cambiar de verdad, es muy importante que hagas buenos propósitos, que pienses cuales cosas concretas quieres cambiar y luego, cada noche, revises si cumpliste, verás como vas mejorando.

Reza mucho... pídele a Dios su ayuda para cambiar e incluso a los santos que se encuentran con él, porque nos ayuden a ser como ellos. ¡Con la ayuda de Dios, puedes lograr cualquier cosa!

AYUNO Y ABSTINENCIA:
Durante la Cuaresma, la Iglesia nos pide dos sacrificios especiales:
1) AYUNAR – es decir, hacer una sola comida fuerte al día, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo.
El ayuno obliga a todas las personas de 18 a 59 años.
2) GUARDAR ABSTINENCIA – es decir, no comer carne todos los viernes de cuaresma.
El no comer carne puede sustituirse por un sacrificio todos los viernes de cuaresma.
La abstinencia obliga desde los 14 años.

¿QUÉ ES SEMANA SANTA?

Al final de la cuaresma los católicos celebramos la Semana Santa, en la que recordamos la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
La Semana Santa comienza con el DOMINGO DE RAMOS, este día recordamos cuando Jesús entró a Jerusalén y todo el pueblo lo alabó como Rey. Este día, los católicos llevamos palmas a la Iglesia, como los judíos en tiempo de Jesús, para que las bendigan.

EL JUEVES SANTO:

El jueves de la Semana Santa, recordamos el día que Cristo tuvo la ULTIMA CENA con sus apóstoles. Esta cena es muy importante porque en ella Jesús, como sabía que iba a morir, quiso hacer algo para poder quedarse para siempre con los hombres.
¿Y cómo hizo ésto? Dejándonos LA EUCARISTIA, o sea la COMUNION. Entonces, cada vez que comulgamos, Cristo que está en la hostia, entra en nuestra alma.

EL VIERNES SANTO:

Después de la última cena, Jesús fué a rezar a un monte que se llamaba de Los Olivos y allí lo tomaron preso.
Después lo interrogaron, lo azotaron, le pusieron una corona de espinas, se burlaron de Él y finalmente le clavaron en una cruz y murió.

¡Cuánto habrá sufrido ese día nuestro Señor!
¿Por qué Él, siendo el Hijo de Dios, quiso pasar todo este sufrimiento? Sólo por el grandísimo amor que te tiene a ti y a cada uno de los hombres; para perdonarnos los pecados y para darnos la oportunidad de poder salvarnos.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN:

Después de su muerte, Cristo fué sepultado y al tercer día RESUCITÓ. Este Domingo de Resurrección es el día más importante de la Semana Santa, es el día de más alegría para nosotros los católicos.

¡CRISTO HA TRIUNFADO SOBRE LA MUERTE
¿Y qué logró con esto? Abrir de nuevo las puertas del cielo, o sea que tengamos la oportunidad que al morir, podamos salvarnos y vivir por siempre felices en compañía de Dios

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